Después de que ello entro el ambiente dentro del ascensor se volvía cada vez más denso, casi irrespirable. La tensión entre nosotras era un muro invisible, cargado de resentimiento, de verdades a medias y de cicatrices aún abiertas. Comprendía el dolor de Rebeca. Lo veía en su mirada, en la rigidez de su postura, en la forma en que sus manos se cerraban en puños, como si contuvieran un grito ahogado.
Aun así, sabía que no tenía culpa en esta historia. Yo no había provocado nada de esto, no lo h