La fiesta en la fortaleza había comenzado con el brillo de la nobleza y el desenfreno de los guerreros, pero pronto los festejos empezaron a descontrolarse. El salón era amplio, sus techos altos sostenidos por arcos de piedra, adornado con tapices que narraban las gestas de la familia Wolker.
Las antorchas iluminaban las mesas repletas de comida: grandes jarras de vino, cordero asado, panes recién horneados y frutas exóticas.
Los hombres, embriagados por el vino y la gloria, reían y golpeaban