La estancia estaba sumida en silencio. El único sonido audible era el inestable de algunas lámparas fundidas al encenderse y apagarse.
Ambos jóvenes se miraron fijamente.
—Un demonio —susurró Nathan mientras negaba —. A veces creo que te sientes orgullosa de las cosas que has hecho.
—No lo llamaría orgullo, pero te aseguro que no siento una gota de arrepentimiento, ni nada que me haga sentir mal por mis actos. Para que haya mundo deben existir toda clase de personas. Están los honrados co