El corazón de Ekaterina saltó en un pálpito. Pero era diferente a esas ocasiones en las que se sintió emocionada al estar junto a Nathan, no, esta vez era una sensación desagradable que oprimía su pecho y estómago.
—Sforza —habló aquella voz del otro lado de la línea. Era exactamente tan grave y atemorizante como recordaba.
—Señor —habló ella sin atreverse a levantar siquiera el tono.
—Se te asignó una misión y por primera vez, incumples.
—No sé de lo que habla, señor.
—Se te ordenó: sin cu