Romina está aterrada, se aferra al prendedor que le entregó Luzma con la esperanza de ser liberada. Se encuentra en el sótano del barco, encerrada y rodeada de cientos de mujeres que no dejan de llorar. Nunca se imaginó estar en esta situación: separada de su familia y a punto de ser vendida como mercancía a un hombre que le produce náuseas.
—Quiero a mi mamá —solloza la niña más pequeña, que tiene unos diez años.
—Yo también —Romina no controla sus lágrimas.
En los momentos en los cuales sient