Aaron
La paz fue un engaño, una mentira dulce y cálida anidada en el hueco de sus riñones. Una breve tregua en la guerra ardiente que nos habíamos librado.
Cuando vuelvo a abrir los ojos, la luz ha cambiado. La suave brasa del alba se ha consumido para dar paso a una claridad fría y exigente. Ya no acaricia, disecciona. Corta entre las lamas de las persianas como hojas, dibujando rayas implacables en el parquet, exponiendo sin vergüenza el campo de batalla que hemos hecho de esta habitación. La