LXXV

El Conde comprendió en ese instante que su control físico sobre la criatura se había quebrado; la marca que le había infligido antes del letargo era ahora una cicatriz insignificante en comparación con la potencia de la nueva estirpe que Catherine estaba fundando en sus propias venas.

—Eres un milagro herético, Catherine —susurró el Conde, su voz perdiendo la arrogancia noble para adquirir un tono de reverencia temerosa&mdash

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