LXXXII

Catherine sostuvo la mirada del conde sin pestañear, clavando sus pupilas dilatadas en las de él mientras el frío se materializaba entre ambos como una barrera de hielo invisible. No había espacio para el titubeo mortal; permitió que su propio instinto depredador, despierto pero hambriento y salvaje, asimilara la presión opresiva e inmortal de su hacedor sin doblegarse un solo milímetro bajo su peso. 

En el análisis de aquel

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