LXXIV

Cuando la liturgia concluyó, el suelo de la alcoba estaba manchado de círculos carmín y los cinco hombres reposaban exhaustos, con los rostros pálidos y las respiraciones débiles. Catherine se alzó sobre el lecho, su bata de seda blanca empapada en el fluido de sus siervos, pareciendo una aparición de las pesadillas de los santos. 

La culpa sorda que siempre la acompañaba tras los ritos se disipó ante la certeza del po

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