Contenida con la rigidez de una presea dinástica sobre un vidrio opaco expuesto a la rapiña de los elementos, Catherine de Luxiner se asfixiaba en contra de su voluntad en el interior de aquel suntuoso y lúgubre palacio periférico. Desde las afueras de los muros carcomidos por el salitre y el moho del invierno, cualquiera que conservara un rastro de sensibilidad humana o intuición política podía percibir el aura pesada, casi táctil, del miedo institucionalizado y el horror que emanaba de sus es