Permanecí de rodillas, con el corazón tan acelerado como las mariposas en el estómago.
— Ese pequeña preciosa debe de estar deliciosa. Ven, déjame probarla, Ana Lis.
Me agarré con fuerza a su cuello, mientras él hacía movimientos alrededor de mi húmeda entrada con su glande. Tiró de mí hacia abajo mientras se encajaba en mi canal.
— Un poco más, Ana. Vamos, puedes hacerlo.
La ronquera de su voz me dejó con ganas de saber qué se sentiría al tenerlo dentro.
— Oh... No tengo el valor.
No sé cuánto