— Tú fuiste quien me derribó y me besó. No eres una santa como te muestras. — Vuelve a ser el ignorante que siempre fuiste.
Alguien seguía llamando a la puerta. Me levanté asustada, muerta de vergüenza y, sobre todo, muy enfadada con Adriel por ser tan imbécil. Cogí la toalla y me envolví en ella, dándole la espalda para no verle en esas condiciones. Estaba erecto.
— ¿No vas a contestar? — Pregunto, dándole la espalda.
No iba a salir de allí por nada del mundo, y tampoco me había duchado aún.
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