—No tienes por qué ser tímida, amor —bromeó Gabriel con una risita baja, disfrutando a todas luces de su reacción. Su voz tenía esa calidez profunda que siempre le revolvía el estómago a Isla.
Ella desvió la mirada un momento y luego sonrió. Se veía tímida, pero también rebosaba emoción. Cuando sus ojos volvieron a encontrarse con los de él, algo en su interior se ablandó.
Por un breve segundo, lo olvidó todo: las discusiones con Wyatt, las dudas silenciosas que había entre ellos. Lo único que