—Mercy.
Adam hablaba con la misma arrogancia de siempre. Como si creyera que aún tenía cabida en su vida. Por un instante, Mercy sintió una punzada en el pecho. Entonces recordó algo importante. Ya no estaba sola. Miró con calma por encima del hombro de Adam, y ahí estaba.
Anthony. Su guardaespaldas.
Vestía una camisa negra entallada y pantalones negros, y se mantenía a unos metros, cerca de la entrada. Parecía tranquilo e inmóvil. Pero tenía los ojos clavados en Adam como una advertencia viva.