—Mercy, si necesitas algo, lo que sea, no dudes en decírmelo. Ahora eres mi esposa y haré todo lo posible por hacerte feliz. Quizá soy raro; seguro es porque valoro mucho mi espacio. Pero eres mi esposa. Mi cuerpo ahora es tuyo.
Las palabras la sacudieron con una calidez inesperada. Algo se le removió por dentro y odió sentirse así. Por eso se puso de pie. El calor le subió del cuello a las mejillas, a pesar del aire fresco que circulaba por el penthouse.
El corazón empezó a latirle tan fuerte q