Isla y Elara entraron juntas a la amplia despensa, con pasos tan suaves y sincronizados que casi parecían uno solo, pues Elara imitaba los movimientos de su mamá.
Los estantes de la despensa estaban repletos, cada cosa ordenada con cuidado: verduras frescas, frutas, especias y cualquier otro ingrediente que se pudiera imaginar. Dos criadas las seguían en silencio, empujando el carrito y dejando espacio suficiente, pero manteniéndose cerca por si Isla o Elara necesitaban ayuda.
—Ay —se quejó Isla