Dudó. ¿De qué servía lastimarse más si ya sabía lo que mostraría el video?
Borró el mensaje y, con él, el video. El número desconocido desapareció de su pantalla. Se quedó quieta un momento, con una abrumadora sensación de vacío.
Unos golpecitos suaves en la ventanilla del auto la hicieron levantar la mirada. Vio la cara preocupada de su madre. Isla bajó el vidrio.
—Hija, ¿estás bien? ¿Segura que no te quedas a cenar?
Le preguntó su madre, con voz preocupada. Isla forzó otra sonrisa.
—Estoy bien, mamá. Ya me voy. Te quiero.
Le lanzó un beso rápido a su madre y encendió el motor.
—Yo también te quiero, mi amor. Maneja con cuidado —respondió Diana.
La despidió con la mano y observó cómo su hija se alejaba.
Cuando Isla entró al garaje privado de su casa, se bajó del auto y se detuvo a mirar a su alrededor. El lugar estaba lleno de autos de lujo: camionetas, deportivos y vans. Cuatro de ellos eran regalos de Gabriel. El Mercedes-Maybach Clase S blanco que acababa de manejar estaba e