—Tía Isla, ¿puedo jugar con tus bebés? —preguntó Desmond, haciendo un puchero pronunciado, con los labios fruncidos como solo un niño sabe hacerlo.
Tenía las manitas entrelazadas frente a él, con los ojos verdes muy abiertos, llenos de esperanza, mientras miraba a Isla. Isla rio. Sarah rio también y negó con lentitud.
Estaban en el cuarto de los bebés, una habitación amplia y cálida, bañada por una luz suave y colores tranquilos. El aire olía a talco de bebé y a sábanas limpias. Isla estaba sent