Un suave pitido llenaba la sala de maternidad. La habitación olía a limpio y transmitía calidez, bañada por luces tenues y por el ir y venir de las enfermeras que pasaban de vez en cuando.
Isla descansaba recostada en la cama del hospital. Su cuerpo se veía débil y agotado, como si toda la fuerza que había reunido durante meses por fin la hubiera abandonado. Tenía la piel pálida y los labios resecos. Pero su cara brillaba más que nunca. Había paz en sus ojos, y también orgullo.
Gabriel estaba se