Aunque la champaña la tenía mareada e inestable, Isla estaba segura de lo que sus ojos habían captado: un rastro de Delphine, elegante y serena como siempre, escabulléndose con aquel hombre.
Los rasgos de su cara se desdibujaban en su memoria, perdidos entre la penumbra del club y su embriaguez, pero habían desaparecido demasiado rápido como para identificarlo. El corazón se le aceleró por una curiosidad insistente, que la arrastró más adentro del pasillo.
Recorrió los corredores con la mirada,