Y eso fue todo. Sus últimas palabras la rompieron. Ahora le pertenecía a él: cuerpo, alma, todo. Había reclamado no solo su carne, sino también su corazón dolorido, y lo había sacado de las sombras donde ella lo escondía.
La realidad la golpeó como una tormenta, las lágrimas se mezclaban con el sudor de su piel, su pecho apretado por un amor tan feroz que la aterraba. Ese mujeriego, esa bestia de hombre, se había apoderado de ella por entero, y en ese momento no le importaban los riesgos, ni el