Era un mujeriego, siempre lo había sido, y Betsy lo amaba por eso: el filo crudo, el peligro que le aceleraba el pulso. ¿Esas palabras sucias que se le derramaban de los labios? La encendían cada vez, le retorcían las entrañas con un hambre que no podía negar. Y él lo sabía, ay, sí que lo sabía, e incluso ahora, con el corazón de ella resquebrajándose bajo el peso de su infelicidad, lo blandía como un arma y convertía su vulnerabilidad en su terreno de juego.
—Déjame darte la mejor cogida de tu