—Ahora que todos lo han escuchado de boca del propio Alfred, procederé a leer sus instrucciones —anunció el señor Stewart.
Un silencio largo y pesado se instaló en la sala. Los nietos se miraron entre sí, confundidos.
Las palabras de Alfred habían sido claras… dolorosamente claras. Pero cargaban un peso que ninguno de ellos esperaba, y envolvían a cada uno de los presentes en una nube de incertidumbre.
El señor Stewart levantó la siguiente hoja y empezó a leer.
—Hasta que el primer hijo del seño