—No tienes que ir, Isla. Debería estar de vuelta en las próximas dos horas.
La voz de Gabriel era serena mientras metía la camisa negra de botones dentro de los pantalones negros y se ajustaba el cinturón de cuero. El clic de la hebilla resonó en la habitación.
Isla estaba de pie junto al espejo, deslizando los pies dentro de un par de botas negras de cuero hasta la rodilla, con tacón. Su vestido floral sin mangas se ajustaba a su figura de manera preciosa, y la tela suave caía justo por encima