La mañana en el Santuario de la Sombra comenzó con el sonido del choque de espadas y el eco de risas en el aire. A pesar de la tensión por la inminente guerra, los chicos habían decidido afrontar el entrenamiento con la mejor actitud posible.
Kael, con su eterna sonrisa despreocupada, giró su espada de madera en la mano mientras miraba a Emma, su oponente del día.
—No quiero hacerte llorar, Emma —dijo con una sonrisa burlona—. No me gustaría que te deprimieras cuando veas que soy el mejor con l