Umara:
Él se negaba a creerme, fue tanta su duda que demandó verlos por sí mismo a la mañana siguiente y así sucedió. Nos reunió en la sala del té junto con su consejo privado, Cítiê, Zai, Mem y Burya no salían de su asombro.
La cabellera larga e imposiblemente negra de los mellizos, además de sus resplandecientes ojos dorados gritaba a los cuatro vientos que realmente sí eran hijos suyos.
—¿Cuantos años tenéis?- interrogó Cítiê.
—Diecinueve.- contestaron al unísono ellos.
—¿Que sabéis de vuest