Los cinco minutos que el Dr. Ramírez le había concedido a Luca se convirtieron en diez, luego en treinta, luego en una hora. El mundo exterior dejó de existir. Arrodillado junto a la cama de Amelia, aferrado a su mano, el agotamiento del viaje transpacífico, sumado al shock emocional, finalmente lo venció. Apoyó la cabeza en el borde del colchón, justo al lado de la cadera de ella, y se quedó dormido. Un sueño profundo, sin sueños, custodiado por el pitido rítmico del monitor cardíaco.
Mientra