Mis manos también comenzaron a volverse más atrevidas, moviéndose con mayor agilidad y confianza.
En cuanto a Luna, parecía haber abandonado toda resistencia. De hecho, comenzó a disfrutar de la situación, o al menos, eso parecía, porque sentí cómo sus brazos rodeaban con dulzura mi cintura tímidamente, pero sin dudar.
Su inesperada respuesta, su aceptación tácita, me dio aún más coraje. Así que me dejé llevar y, sin pensarlo mucho, rasgué su ropa de un solo tirón.
Sus pechos, blancos, voluminos