—Tranquilo, muchacho. No necesitas ponerte tan nervioso —dijo Carlos con un tono tranquilo—. Sé que no tienes malas intenciones. Si las tuvieras, créeme, no estaría en este lugar esperándote.
Sus palabras me aliviaron profundamente. Sentí como si me quitaran un peso enorme en el pecho.
—Entonces, señor Carlos… ¿a qué se refiere con exactitud? —pregunté, decidido a ir al grano.
Carlos sonrió con mucha calma y señaló hacia una zona más tranquila del parque.
—Hay unos sillas por allá. Vamos a senta