Arrastrando mi cuerpo agotado como pude y cubierto de sangre, me subí al auto. Apenas encendí el motor, marqué el número de Patricia. Cuando atendió, le dije con voz apagada que esta noche no iba a poder ir a su casa, que tenía algunos asuntos pendientes que atender.
Conduje directo hacia la pequeña casita que había estado alquilando, sintiendo cada bache en el camino como una tremenda punzada en mis heridas.
Al llegar, apenas crucé la puerta, vi a Kiros acercarse corriendo. Su rostro palideció