—Patricia, déjame llevarte a casa —le dije con suavidad.Patricia estaba realmente agotada. Esa mujer que antes irradiaba vida, seguridad y belleza, ahora no era más que una sombra de sí misma. En su rostro ya no quedaba rastro de aquel brillo habitual, solo cansancio y desgaste profundo.
Al final, viendo que no podía convencerme de lo contrario, asintió sin decir palabra.
Se sentó en el asiento del copiloto y no abrió la boca en todo el trayecto. Se la notaba hundida, con el ánimo por los suelos