Y quien tiraba de la cuerda no era nada más y nada menos que el propio Jorath, a un lado de la orilla con una pose que me cortaba el aliento por completo.
Aunque me había lanzado al río y casi me ahorcaba con ese lazo, no podía sentir ni el más mínimo ápice de rencor.
—Señor Jorath, muchas gracias —dije al salir del agua, restregándome el pelo empapado con una sonrisa de oreja a oreja.
Él me miró como si estuviera viendo una cucaracha parlante: —¿Muchas gracias? ¿Por echarte al río? ¿O por no de