Mario soltó una risa que enfriaba cada vez más la sangre. No era de humor, ni de ironía. Era el sonido de un hombre que ya no tenía nada que perder.
—Ja.ja... Por eso te pido que los cuides, Óscar. —Su voz era tranquila, demasiado tranquila, como el silencio antes de que un edificio colapsara: —No me fallarás, ¿verdad?
Mis dedos se cerraron con fuerza alrededor del celular. Sabía lo que estaba planeando.
—¡Ni loco! —Le recriminé, con una voz quebrada por una mezcla de rabia y terror: —¡No pienso