Todos nos dimos la vuelta al unísono, tal cual marionetas tironeadas por el mismo hilo invisible, y allí estaba Emma, alborotando el local con sus gritos que cortaban el aire como cuchillos afilados.
La mujer había abandonado cualquier tipo de discreción: llevaba el cabello pintado en colores llamativos y su vestimenta exudaba un aire callejero que contrarrestaba con los problemas.
—¿Cómo te atreves a ignorar mis llamadas? ¡Explícate! —gritó como loca Emma, su voz aguda hacía vibrar los vasos so