El resultado, por desgracia, no pudo ser peor: justo cuando llegué a la sala de estar, Sofía también salió de su habitación.
Y no solo eso, sino que encendió apresurada la luz del salón.
Ahí estaba yo, como Dios me trajo al mundo, expuesto sin la más mínima protección, como un pez fuera del agua.
Sofía se quedó petrificada, mirándome con los ojos bien abiertos, claramente sin esperarse encontrarme en semejante situación. Su expresión reflejaba una mezcla toxica de incredulidad y vergüenza.
Pero