Isolde me miró y, con una sonrisa, y dijo: —¿Tienes miedo? ¿Te asusta que te devore?
—No tienes por qué ponerte tan inquieto. Eres el cuñado de mi hermana, no me atrevería a hacerte ningún daño, — pronunció, con una sonrisa burlona.
—Vamos, siéntate. Tengo algo que decirte, — insistió una y otra vez.
Yo estaba algo desconcertado, pero al final decidí acercarme.
Isolde extendió la mano y me tocó el brazo: —Tienes buena figura eres musculoso, aunque no está bien tonificada. No parece que hagas muc