¡La señora Elara era elegante y refinada!
Sobre todo su piel, tan suave y brillante, con un tono blanco y un ligero rubor que la hacía parecer aún más radiante.
Me sorprendí: —¡Qué coincidencia, señora Elara!
—¿Qué te pasó en el brazo? ¿Te lastimaste?
—Sí, me lo rompí al caer.
—Ya decía yo que no te había visto por el centro de masajes estos últimos días, no sabes cuánto te he echado de menos. Cuando no estás, la verdad es que no tengo ganas de trabajar.
Las palabras de la señora Elara me incomo