Recorrí ansioso toda la zona cercana, pero no encontré nada.
La preocupación me invadió por completo. No podía dejar de pensar si algo malo le había pasado a Luna o tal vez a mi cuñada.
Llamé con insistencia a los dos celulares, pero nadie respondía.
Estaba completamente desesperado, hasta que, de repente, escuché un terrible grito de auxilio:
— ¡Ayuda! ¡Alguien, por favor, ayúdame!
Era la voz de Luna.
Asombrado, miré hacia la dirección de donde provenía el sonido y vi ene se instante a Luna, co