Natalia, sin perder más tiempo, extendió su mano para quitarme las gafas de sol.
Yo, por supuesto, retrocedí al instante para evitarlo.
Ese movimiento ágil, que hice sin pensar, terminó por delatarme.
—¡Maldito! ¿No se supone que eres ciego? ¿Cómo es que reaccionas tan rápido? Natalia me miraba fijamente, exigiendo una explicación al respecto.
En mi mente solo podía pensar: Esto es el fin. Estoy completamente expuesto.
—Seguro que lo de masajista ciego es una farsa verdad, ¿no? Entonces, ¿cuándo