—¡Vaya, pequeño sinvergüenza! ¿Cómo te atreves a hablarme así? ¡Has crecido y ya te crees muy valiente! — Paula, con una sonrisa pícara, me agarró de la oreja como si estuviera dándome una lección.
—Ay, ay, ay… ¡Me vas a arrancar la oreja! ¡Suéltame ya! — grité, retorciéndome de dolor.
—¡Pídeme disculpas! Si no lo haces, te arrancaré la oreja de verdad, — respondió Paula, disfrutando con gracia de la situación.
Pero yo me mantuve firme. ¿Por qué debía disculparme si no había hecho nada malo?
Por