POV. Adrian
Llevaba un traje impecable, como siempre, y parecía irradiar una energía de victoria propia. Se adentró en el salón con la seguridad de quien no pide permiso, de quien nunca lo ha necesitado. Su presencia absorbió instantáneamente toda la alegría de la habitación, reemplazándola por una tensión gélida que se pegó a la piel. La sonrisa de Arthur no era de felicitación; era de posesión. Era la sonrisa de un dueño que venía a inspeccionar su adquisición más valiosa.
El murmullo de las