¿Acaso después de todo el esfuerzo para escapar de la mansión iba a caer en otro infierno? Amanda luchaba con todas sus fuerzas para desatarse, el instinto de supervivencia le daba energía.
—¡Suéltame! —gritaba, al borde del llanto, con la voz temblorosa.
—Tranquila, nena. El tío te va a cuidar muy bien. ¡Vaya suerte la mía, que te mandaron a mí! —dijo el hombre, con una sonrisa lasciva y repugnante.
Amanda sintió una oleada de asco. Con una hábil maniobra logró desatarse y con la mano tembloros