Catalina estaba tumbada en la cama, abrazando su peluche, con lágrimas en las mejillas, luciendo realmente desdichada.
—¿Quién dice eso? Tu hermano te sigue queriendo igual que antes. Y ahora tienes a otra persona que también puede quererte y cuidarte. ¿No te parece bien?
—¡No quiero que ella me quiera! No me gusta. Hermanito, ¿puedes cambiar de cuñada, por favor? La pretendiente que nuestros padres eligieron para ti es perfecta. A mí me encanta. Es elegante, culta y encajaría contigo a la perfe