—¿Qué sabemos de este tipo?
—Un hombre de la zona, diácono en su iglesia, con casa en las afueras y trabajo de obrero. Sin antecedentes.
Olí la cama y la almohada, y el olor a humana era intenso. Quienquiera que fuese, mi amigo había venido a sacarla y luego la había llevado a su habitación. Era estúpida o lista, y yo no apostaba por la estupidez. —Entonces, por lo que he visto, deberíamos estar buscando a un asesino profesional de un metro sesenta y cinco que vino a buscar a esta mujer. Es el