Leonardo permaneció sentado solo en su oficina mucho después de que las luces de la ciudad comenzaran a brillar bajo las paredes de cristal del edificio. La oficina estaba inusualmente silenciosa, ese tipo de silencio que apretaba los oídos y obligaba a los pensamientos a hacerse más fuertes. Su chaqueta yacía tirada en el sofá, la corbata aflojada, los primeros botones de la camisa desabrochados, pero nada de eso aliviaba la tensión que se acumulaba en su pecho.
Ya lo había decidido esa misma