Finalmente, al dar la vuelta hacia el pasillo de la antigua oficina de su suegro —que ahora ostentaba el nombre de Ramiro Vega de nuevo—, vio a la distancia la silueta de Dimitri Volkov apostado cerca de la puerta, como un guardián de piedra, conversando en voz baja con el abogado Argüello.
Gabriel apretó los dientes y aceleró el paso, decidido a cruzar esa puerta sin importar quién se interpusiera en su camino. Ya no era el médico sumiso; era un hombre desesperado por recuperar a la mujer que