Anastasia volvió a doblar cuidadosamente la carta, volvió a meterla en el sobre. Tomó el libro que reposaba encima de la mesa de noche y luego la guardó dentro de la gaveta.
—No voy a ir… —murmuró con firmeza, como si necesitara convencerse a sí misma de ello—. Si piensa que sólo por decirme frases bonitas ya logró convencerme, está equivocado.
Se cruzó de brazos sin apartar la vista de la gaveta. Sin embargo, aquella frase se repetía una y otra vez. Quería odiarlo, quería aferrarse al enga