Orlando seguía confuso, cerró sus ojos con fuerza y los volvió abrir, pero ella seguía ahí parada. No podía creerselo, él mismo la enterró, él vio su cuerpo en la cama y la máquina lo dejó claro. Tal vez el cansancio provocaba todo esa imaginación, pero era tan real. Se levantó de la silla, caminó hasta ella y acarició su mejilla y si, era ella, era real.
—Florencia. — susurró su nombre aún sin creerselo. —Estás viva.
—Si, mi amor. — él negó. —Tengo mis motivos. — Él se apartó cuando ella quiso