Sasha
El olor de la sangre se adhirió a mi piel, más fuerte aún que la adrenalina que martillaba mi corazón.
El almacén no era más que un campo de cadáveres. Adrian y yo habíamos avanzado sin descanso, segando todo a nuestro paso.
Me encontraba en medio de la carnicería, mis manos temblorosas, no por miedo, sino por una rabia fría y controlada. Dante iba a entender que ya no era una loba que podía domar.
Adrian se acercó, limpiando la hoja de su cuchillo en el pantalón de uno de los hombres mue