Luna seguía llorando, sacudiendo la cabeza y esforzándose por acercarse.
—¡Si te mueves, primero le vuelo la cabeza! —José puso la pistola directamente en su frente.
—Antonio, si quieres salvar a tu hija, está bien, pero primero necesito ver el dinero.
—Tú y Camila vienen a cambiar por Luna; es un trato justo, ¿no? —Volvió a apuntarme con la pistola.
—Camila es la señora Castillo, y la policía no se atreverá a hacerle nada. Cuando la lleve al extranjero, no tendré de qué preocuparme. Camila no e